miércoles, 2 de marzo de 2016

Mai on the Road (I): la bajaji

Sí, querido lector, volvemos a la carretera. Los que me conocéis sabéis lo cartesiano y lo pisa huevos que soy al volante. Sin embargo, el Este de África me obliga a replantear mis presupuestos. Por otro lado, no hay mucho más que añadir a lo que ya se dijo sobre la conducción en Kenia en pasados posts. En Tanzania también se circula por el lado incorrecto de la vía como norma general, porque luego te sigues arrojando a lo loco y despreocupadamente a la vía pública. Solo añadiré que aquí no hay matatus (esa furgona llena de peña y con un indocumentado al volante), aquí se cambia por la bajaji, el indocumentado sigue, pero ahora al manillar.

Una bajaji es un motocarro que un forzudo podría cogerla con un brazo y colocárselo al hombro. Tiene una estructura de hierros recubierto por un armazón muy endeble para mi gusto. La mayoría de este recubrimiento es metálico y el resto de lona y plastiquete. Está dividido en dos partes: la delantera donde va el conductor y la trasera donde va el pasaje y el motor a modo de maletero. Eso no tiene más de 1.20 m de ancho, tirando por lo generoso, y ahí caben tres personas. Pero la bajaji es para cuatro pasajeros. Sí, lo habéis adivinado, el cuarto va delante con el conductor.




Bajaji estandard (bueno, ésta está muy nueva)


Lo normal es que un burgués como yo la coja solo. Pagas por los cuatro que teóricamente irían y al lío. Si vas con más gente el importe es sensiblemente menor, acorde con la comodidad. Yo debo pagar más de la cuenta porque me aburre mucho regatear y al segundo lance ya doy mi brazo a torcer y cuando tengo cuerpo para regatear, resulta que el conductor me ha llevado antes, conoce el trayecto y recuerda lo que le pagué, pero el cabrón me estaba pidiendo más, como en la Vida de Brian con las barbas.

El vehículo no es cómodo, la amortiguación es muy justa, la red viaria de Dar es Salaam tampoco ayuda al confort (hay unos badenes que ya hubiesen querido los de La Comuna de París y que te alinean los chacras al pasarlos que da gusto). Por dentro uno puede pensar que un vehículo así debe tener menos detalles que un seat panda, y efectivamente, está en lo cierto. Los hay  en los que además el asiento trasero está suelto y se mueve en cada frenazo, lo que convierte el trayecto en un episodio de Humor Amarillo. Sin embargo el otro día subí en uno que tenía radio y ¡¡¡¡TV!!! El chófer, vamos a llamarle así, tenía un reproductor de DVD de esos que lleváis para que los niños no incordien, eso sí, con una novela nigeriana que no se oía porque la radio iba atronadora con musicona de la güena.

No hay cinturón de seguridad, al menos eso creía hasta que el otro día, al sentarme solo atrás cuando se bajó el resto del pasaje, noté que se me clavaba algo y pensé: “joder, parece una correa de cinturón de seguridad… no, no, si esto no lleva”. Bueno, pues lo toqué y sí, era un cinturón de seguridad que, por supuesto, se estaba usando para algo importante: sujetar una garrafa con combustible. De todas maneras no tenía donde anclarlo, era un cinturón placebo u homeopático.



La garrafa atadita

Por mi parte, he inventado un sistema de anclaje, no homologado aún, pero dejadme que lo perfeccione, que consiste en clavar los pies bien fuerte en la chapa que separa los habitáculos del chófer y el pasaje. Hay que tener cuidado de no hincar el uñate en la chapa que hace un ruido feo que da dentera.


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Los pies "jincados".

Vivo en la zona de Changanikeni, los fines de semana me voy a comer y hacer la compra, cuando no viene Agness conmigo, a Mlimani city, el Centro Comercial más grande de la ciudad y a 10 min de mi hotel.  Los domingos al mediodía no hay muchas bajajis en la parada del barrio y, en ocasiones, me ha tocado esperar en animada conversación con la chavalada local.

El otro día iba famélico y vi que quedaba una bajaji que iba a irse, le hice una señal y el chaval me esperó. Para mi sorpresa iba con tres personas atrás, dudé si cogerla, pero no eran horas y me tocó ir delante con el chófer. Bien, debo aclarar que el asiento del chófer es para uno, entonces se trata de ir sentado en lo que en hípica se llama “a la inglesa” y yo denomino “sentado de medio culo”. Me acomodé como pude, con mi hombro bajo el sobaco del chófer, sobaco del que había huido el desodorante allá por los primeros albores de la Humanidad, mi pie izquierdo haciendo fuerza sobre el quicio de la puerta (que no existe), una mano agarrando el hierro que hay entre ambos habitáculos (por encima de la chapa) y la otra asida al borde de la puerta.

El tipo necesitaba llevar al pasaje a otros sitios primero y cogimos el “otro” camino para salir del campus. Éste tiene una prolongada bajada en curva, demasiado curva y demasiado prolongada para mi gusto. Por supuesto, el tipo, que llevaba el manillar con una mano, iba demasiado deprisa y os juro que creía que volcábamos, casi me tengo que poner a hacer de contrapeso en el lado opuesto como si fuera un catamarán y estuviésemos disputando la Copa del rey de vela a bordo del “Agua de Puig”. Aquí el dodotis me vino genial. En otro lance, en el que el tío estuvo a punto de salirse de la carretera estuve a punto de decirle: “derecha, todo gas, raaaaasssssss”.

Diez minutos después, tras dos paradas, sano, salvo, un dodotis usado, dejando la impronta de mi manos en la carrocería y el chófer la del sudor de su sobaca en mi hombro, llegué a mi destino.

2 comentarios:

  1. Por favor, Maillo, sigue con tus glosas que de tanto llorar de risa se me están quedando unos ojos preciosos. Ja jaaaa jaja.

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  2. Belén, es la vida misma, vista desde los ojos de un cagón :-)

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