Una bajaji es un motocarro que un forzudo podría
cogerla con un brazo y colocárselo al hombro. Tiene una estructura de hierros
recubierto por un armazón muy endeble para mi gusto. La mayoría de este recubrimiento
es metálico y el resto de lona y plastiquete. Está dividido en dos partes: la
delantera donde va el conductor y la trasera donde va el pasaje y el motor a
modo de maletero. Eso no tiene más de 1.20 m de ancho, tirando por lo generoso,
y ahí caben tres personas. Pero la bajaji es para cuatro pasajeros. Sí, lo
habéis adivinado, el cuarto va delante con el conductor.
Lo normal es que un burgués como yo la coja solo.
Pagas por los cuatro que teóricamente irían y al lío. Si vas con más gente el
importe es sensiblemente menor, acorde con la comodidad. Yo debo pagar más de
la cuenta porque me aburre mucho regatear y al segundo lance ya doy mi brazo a
torcer y cuando tengo cuerpo para regatear, resulta que el conductor me ha
llevado antes, conoce el trayecto y recuerda lo que le pagué, pero el cabrón me
estaba pidiendo más, como en la Vida de Brian con las barbas.
El vehículo no es cómodo, la amortiguación es muy justa, la
red viaria de Dar es Salaam tampoco ayuda al confort (hay unos badenes que ya
hubiesen querido los de La Comuna de París y que te alinean los chacras al
pasarlos que da gusto). Por dentro uno puede pensar que un vehículo así debe
tener menos detalles que un seat panda, y efectivamente, está en lo cierto. Los
hay en los que además el asiento trasero
está suelto y se mueve en cada frenazo, lo que convierte el trayecto en un
episodio de Humor Amarillo. Sin embargo el otro día subí en uno que tenía radio
y ¡¡¡¡TV!!! El chófer, vamos a llamarle así, tenía un reproductor de DVD de
esos que lleváis para que los niños no incordien, eso sí, con una novela
nigeriana que no se oía porque la radio iba atronadora con musicona de la güena.
No hay cinturón de seguridad, al menos eso creía hasta que
el otro día, al sentarme solo atrás cuando se bajó el resto del pasaje, noté
que se me clavaba algo y pensé: “joder, parece una correa de cinturón de
seguridad… no, no, si esto no lleva”. Bueno, pues lo toqué y sí, era un
cinturón de seguridad que, por supuesto, se estaba usando para algo importante:
sujetar una garrafa con combustible. De todas maneras no tenía donde anclarlo, era un cinturón placebo u homeopático.
Por mi parte, he inventado un sistema de anclaje, no homologado aún,
pero dejadme que lo perfeccione, que consiste en clavar los pies bien fuerte en
la chapa que separa los habitáculos del chófer y el pasaje. Hay que tener
cuidado de no hincar el uñate en la chapa que hace un ruido feo que da dentera.
Los pies "jincados".
Vivo en la zona de Changanikeni, los fines de semana me voy a comer
y hacer la compra, cuando no viene Agness conmigo, a Mlimani city, el Centro Comercial más grande
de la ciudad y a 10 min de mi hotel. Los
domingos al mediodía no hay muchas bajajis en la parada del barrio y, en
ocasiones, me ha tocado esperar en animada conversación con la chavalada local.
El otro día iba famélico y vi que quedaba una bajaji que iba
a irse, le hice una señal y el chaval me esperó. Para mi sorpresa iba con tres
personas atrás, dudé si cogerla, pero no eran horas y me tocó ir delante con el
chófer. Bien, debo aclarar que el asiento del chófer es para uno, entonces se
trata de ir sentado en lo que en hípica se llama “a la inglesa” y yo denomino
“sentado de medio culo”. Me acomodé como pude, con mi hombro bajo el sobaco del
chófer, sobaco del que había huido el desodorante allá por los primeros albores
de la Humanidad, mi pie izquierdo haciendo fuerza sobre el quicio de la puerta
(que no existe), una mano agarrando el hierro que hay entre ambos habitáculos (por encima de la chapa) y
la otra asida al borde de la puerta.
El tipo necesitaba llevar al pasaje a otros sitios primero y
cogimos el “otro” camino para salir del campus. Éste tiene una prolongada
bajada en curva, demasiado curva y demasiado prolongada para mi gusto. Por
supuesto, el tipo, que llevaba el manillar con una mano, iba demasiado deprisa
y os juro que creía que volcábamos, casi me tengo que poner a hacer de
contrapeso en el lado opuesto como si fuera un catamarán y estuviésemos
disputando la Copa del rey de vela a bordo del “Agua de Puig”. Aquí el dodotis
me vino genial. En otro lance, en el que el tío estuvo a punto de salirse de la
carretera estuve a punto de decirle: “derecha, todo gas, raaaaasssssss”.
Diez minutos después, tras dos paradas, sano, salvo, un
dodotis usado, dejando la impronta de mi manos en la carrocería y el chófer la
del sudor de su sobaca en mi hombro, llegué a mi destino.




Por favor, Maillo, sigue con tus glosas que de tanto llorar de risa se me están quedando unos ojos preciosos. Ja jaaaa jaja.
ResponderEliminarBelén, es la vida misma, vista desde los ojos de un cagón :-)
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