viernes, 8 de agosto de 2014

El aliento del diablo (agosto 2013)

Queridos, Queridas

Pese a encontrarme en el hogar desde hace semanas quiero seguir compartiendo algunas experiencias.
Ya sabréis muchos que de Middle Stone Age y arqueología prehistórica africana ando muy pez aún. Sin embargo, si he realizado un exhaustivo trabajo de campo en primera persona de la que ya tengo algunas conclusiones que voy a publicar en "open access" porque me caéis bien.

Sí, gracias a mis fiebres tifoideas tengo un extenso catálogo de toilettes y agujeros varios donde uno/a haces sus cosas. Francamente, yo prefiero un arbusto o detrás de una cuneta, pero hay que ser civilizado y evitar el campo de minas que resulta un campamento de cuarenta personas a los cinco días.

Lo normal es encontrarte un agujero donde hacer tus cosas, del tipo de los que hay en algunos bares, ese con las huellas que Neil Amstrong dejó en la luna, pero sin agua en la mayoría de los casos y unas moscas como puños que te entretienen mientras haces tus cosillas. En uno de esos lugares, en Lodwar, a donde Denis y Edwin me llevaron a comer pollo sin cubiertos tras visitar el médico, pero esa es otra historia, encontré algo que me llamó la atención: alguien había abandonado unas bragas, las cuales estaban arrugadas en una esquina junto a dos envoltorios de CD's (ver Alakara hotel). Varias reflexiones acudieron a mi mente: aquello era un antro, en un apartado dentro del cuchitril del baño, en fin, se me ocurrieron muchas cosas, pero ninguna buena.... y si, los envoltorios de los CD's eran XXL.

Pero, sin embargo, mi preferido es el que más he usado, de hecho tenía tarjeta VIP. La toilette del campamento o, como prefiero llamarlo: el aliento del diablo. Un agujero de dos metros de profundidad por uno de diámetro en el que se pone una especie de "trono" para que te encarames como un gavilán. Aquello tiene un recorrido, que es básicamente, hasta que se ve el producto interior bruto de mis antecesores en el lugar. Hay gente que no tiene esfínter, sino una manga pastelera. Pero lo peor no es ese momento crítico de ir al baño, no, lo peor es ese olor que se reconoce, sin necesidad de ser un perdiguero, a varias decenas de metros del lugar y que te hace tener canas y que se te abran branquias para tener oxígeno. Entonces se cierra con arena y se abre otro aliento del diablo.

Es el ciclo de la vida.

Aporto documento gráfico.


El aliento del diablo

Buscando un poquito de intimidad (enero 2014).


Hola queridas y queridos,

Llegamos a orillas del Lago Nakuru, bueno, más bien se ve de lejos, el viernes, papeleo y burocracia, el sábado nos dio tiempo a plantear la excavación y el domingo al lío. Hasta aquí todo normal, como debe de ser.

El domingo, día del señor aquí también, nos ponemos a excavar y claro, somos la atracción local... rigurosamente todo quisqui se pasó a vernos y preguntar, en definitiva  a cotillear sobre quienes eran esos wamusungu que han llegado en Land Rover a hacer un agujero encima de una loma y que parece que hacen el gilipollas (vamos cambias wasungu por listillos de la capital y tienes cualquier localidad española). Parecía el día de puertas abiertas, pero sin haber estrenado nada.

A eso de media mañana empiezan los problemas, servidor ha de ir al baño, aguas mayores. Entre el bajo monte que hay aquí, casi todo jara, espinos y alguna acacia, mal se tiene que dar la cosa, además está todo cristo aquí. Craso error, primero me alejo no sin la mirada de casi todo el mundo, hasta pensé que parte de la chavalería me iba a seguir esperando algo interesante de mi, pobrecillos, merienda para todos no iba a haber. Empiezo a dar vueltas y, señores, que dificultad había gente por todos lados.... Llego a una mata y un niño mirando a 20 metros, me aparto entre unas jaras y dos mujeres con agua por el camino a golpe de vista... hasta que, por fin, encontré una isla de matojo denso, alto y frondoso y hacia allí me dirijo firme. Llego abro con decisión la espesa mata de hierbas y, copón!!!! había un abuelo haciendo lo mismo que yo intentaba desde la época de Matusalem (normal que estuviese así el matojo con tanto abono). En fin, que pedí disculpas, crucé los dedos, busqué un matojo y, al límite de mi contención dije: “a ver si tengo suerte y no me descubren ni me hacen corro”, que un blanco cagando es digno de ver.

No me descubrieron y si lo hicieron (que seguro que lo hicieron porque siempre hay alguien mirando, como ya he sabido), fueron discretos.


Así era el matojísmo, idílico para mi planes.