martes, 5 de abril de 2016

Mai on the Road (II). Jugando al Grand Theft Auto.

El Fary, en paz descanse, estaría orgulloso de lo que hizo su colega de taxi, antes de hacerse famoso por su música rumbosa y sus letras con ese deje machista tan típico de nuestra música rancia.

Hace un par de semanas decidí inaugurar el “fin de semana burgués” que consiste en irme del antro donde vivo a un hotel de playa a pasarlo pipa comiendo como una boa, durmiendo, viendo las olas y a los turistas ponerse como gambas a la plancha (sí, aquí también hay). Como buena campaña rimbombante el nombre no concuerda con su duración. Al igual que ocurre con la semana de la ciencia, que dura dos, o la semana fantástica del corte inglés que dura casi un mes, mi fin de semana burgués dura un día: me voy un sábado y vuelvo un domingo para comer.

Como si me fuera a la playa, con mi mochila y mi bolsa de la uned, me voy pizpireto a pillar una bajaji que me lleve al centro comercial a coger ahí un taxi (no pasan taxis por mi zona). No hay ninguna y me toca esperar. Los que esperábamos nos mirábamos con cara de perro, ya he aprendido que aquí no hay colas, sino caradurísmo y, para esto, ser blanco es un plus (los transportistas te quieren porque te engañan con el precio). Llega una, me adelanto a una pareja y acuerdo el precio. El “chófer” es un chaval de menos de 20 (y no se si de 18), tirillas y con estética “black power”, boina militar incluida.

Tiramos para el centro comercial y nos pilla en el cruce una excavadora que va delante a no más de 10 km/h. El bajaji driver, en general, conduce regular, con volantazos para evitar baches. Éste dio dos en lugares donde no recuerdo que hubiese baches. Pero los más divertido del trayecto fue cuando en una recta, detrás de la excavadora, empiezo a notar que el vehículo deriva hacia la izquierda y que nos vamos fuera, hasta tal punto que cuando vi donde iba solo me pude agarrar a los hierros de la bajaji y gritar al fulano. Efectivamente, nos fuimos al arcén. Hasta ahí todo bien, pero es que el arcén tenía medio metro de profundidad y la bajaji volcó y yo volqué con él (leído como el trambólico).

Si queridos, allí me vi de medio lado. La verdad es que ver la hostia venir y que íbamos a poca velocidad (menos de 10 km/h) hizo que me preparase para el golpe y estar pendiente de mi mochila cargada de todos los aparatos que hacen que trabaje aquí. Lo peor es que tuve que salir arrastrándome por un hueco ya que caímos sobre el lado de la puerta. He de confesar que me sentí un poco como Rajoy cuando se dio la leche con el helicóptero.

Tras cagarme en toda su estirpe en un español florido y estar a nada de darle un bofetón al niñato, entre un motorista, el driver y yo sacamos la bajaji de la acequia y tras comprobar que su máquina y las mías estaban ok, me llevó a mi destino. El fulano intentó, sin éxito, que le pagase la carrera.

¿Por qué el accidente? Pues porque el chico era un ferviente seguidor del Fary. Él promulgaba que dejaran libres a los chavales para que camelasen y este cameló mucho y le había estado dando a la mandanga toda la noche … vamos que dará positivo en el doping por cannabis hasta bien pasado 2040.

Alegato por-mandanga de El Fary  https://www.youtube.com/watch?v=WosrUnjb2UQ



PS, Estamos de risas porque viró a la izquierda, si lo hace a la derecha es muy posible que nos hubiese embestido algún coche que venía en sentido contrario.



El recuerdo del evento dos semanas después 


viernes, 18 de marzo de 2016

El "Hola" llama a mi puerta.

Queridas y queridos, hoy como si fuese la Pantoja en Cantora o Jesulín (currupipi) Ubrique en Ambiciones, quiero abrir mi hogar. Perdonadme que no lo haga con el visón, pero con 33º y 70% de humedad, me vais a permitir que vaya con un ropaje compatible con la vida: camiseta y pareo.

El hotel es modesto, me hacen precio gracias a Agness y me cobran como si fuese residente (sabéis que en el este de África hay diferentes precios si eres residente o extranjero). A mí una habitación con AC me la dejan como una de ventilador, es decir, unos 13 pavos diarios, para eso viviré tres meses. Sin duda, los asiduos de estas latitudes podréis reconocer muchos “tics” de otros hoteles que habréis visitado, a los no iniciados, les puede servir de guía de viaje. ¿Lo mejor? Su ubicación, a dos minutos del departamento.

La habitación es de cama de matrimonio, es decir: 175 de ancho, puedo tumbarme en cualquier postura ya que es mayor que mi estatura. Con la cama en la habitación ya no hay mucho más espacio. Aún así metieron dos mesas, una tv y una silla. Ordené que se llevasen la tv, que no estaba sobre el soporte de la pared y empezó el proceso de tuneado. Lo primero fue comprar un pareo cortarlo por la mitad y hacerme dos mantelitos (esencial porque las mesas recibieron su último barnizado en los años del abandono por los alemanes de Tanganika), lo demás imprescindible: una mini nevera para las cosas fresquitas y las cenas (ya contaré la cocina del hotel otro día). Por supuesto, trapos de cocina, bayetas, menaje y víveres.


         
El antes y el después


                                                                  la neverita guay 


La habitación aunque ya puede parecer habitable tiene sus cosillas, pasemos a enumerarlas. Empecemos por la cama, de 175 cm como ya he dicho y dos colchones que han pasado con creces la recomendada década de vida útil. El de abajo es de muelles, pero en el sentido literal del término, son unos muelles con un forro de tela, apto solo para faquires de primera división. El superior es de espuma, ideal para sentir lo que tuvo que vivir Gulliver cuando era gigante. ¿Sentarte en un castillo? No, no, tumbarte sobre el mismo Rift Valley. El colchón está tan hundido que te vas irreversiblemente al centro haciendo la croquette y pese a dormir solo en esta cama, me veo avocado a encaramarme a los bordes de la misma, de hecho, estoy pensando en dejarme los uñates de los pies largos para clavarlos como lobezno a la sábana y no caerme de la cama en una mala vuelta. Pero incluso el lado en la cama ha de ser estudiado y he de elegir y preparar borde el Rift donde quiero dormir porque el colchón superior es más grande que el inferior y hace voladizo y si duermes en el lado equivocado, vuelcas.


            El colchón bajero.


La habitación es “grand confort” y dispone de aire acondicionado, ventilador de techo y mosquitera. “No te quejes, cabrón, que estás en la gloria!!!” pensará alguno. Sí, sobre el papel así es, pero darlines, hay que vivirlo. De entrada la mosquitera no está centrada sobre la cama y al ponerla hay un lado donde apenas llega y se sale a la que la rozas, con la consiguiente escabechina de los mosquitos a mi cándida piel. El ventilador de techo, si lo pones muy fuerte, hace tanto ruido que me siento como en un helicóptero en Vietnam dispuesto a matar charlies con Fortunate son sonando atronadora por la megafonía. Tiene un regulador del 1 al 5. El primer día lo puse al 1 y aquello iba muy deprisa, pensé: “joder, en el 5 se desprende del techo, sale volando y le da la inercia para llegar a Zanzíbar”. Luego descubrí por error, porque por miedo ya digo que no tocaba más botones, que el 1 es lo máximo y el 5 el mínimo… cosas que pasan. Pero acabemos con el plato fuerte, el aire acondicionado, la joya de la habitación y lo que le da caché y precio alto a la habitación. Bueno, lo primero que hay que señalar es que el termostato solo oscila entre 28º y 30º y lo hace en modo random porque no hay mando para regularlo y, lo que me resulta más brutal, es que a la 1.30h de funcionamiento empieza a chorrear agua y hay que apagarlo, ¿por qué? preguntará alguien. Pues porque está encima de la cama y el agua cae sobre el cabecero y de ahí al colchón. Sin embargo, África es el continente de las soluciones ingeniosas y, señores, la tienen para esto. Donde cae la mayoría del agua han puesto una pegatina de fieltro de esas que ponemos en las patas de los muebles para que no rayen el parqué. No evita que el agua llegue a mojar la cama, pero a cambio tengo una colonia de hongos que me mira desde arriba mientras duermo con ojitos.



                                                           



El goteo y el AC sobre la cama

Vamos a cerrar con el baño, todo un alarde de diseño y optimización de espacios: retrete, ducha, lavabo y menos detalles que un Seat panda. Descontando la herrumbre provocada por el agua, la ausencia productos de limpieza, y de mano de obra que le de un repaso, el plato fuerte que tiene este baño es la ducha. Al no tener mampara, con solo abrir el grifo de abajo y aunque casi no haya agua, ésta falta demasiado a menudo, el suelo se convierte en Las Gaunas una jornada de lluvia y partido. Pero lo mejor y por lo que debería estar patentado este modelo de distribución es la propia disposición de la ducha. Si el lector se fija bien, comprobará que el agua de la ducha sale de la alcachofa directamente al retrete por lo que si quieres ducharte y que el agua te de en la cara y, en mi caso, varonil torso, te tienes que poner pegado al retrete y doblarte hacia atrás como en los saludos al sol, es para verme. Es la razón por la que la llamo la ducha-yoga. Gloria bendita y una excelente manera de aunar higiene y salud. Sales despejado y desentumecido. Son todo ventajas.








jueves, 10 de marzo de 2016

La Tesis (leer con el Gaudeamus igitur de fondo)

Querido lector, no todo van a ser risas y algarabía en estos relatos. No debemos olvidar que he venido a trabajar, gastando dinero público del Ministerio de Educación mientras estoy aquí y del de Sanidad al volver. Por eso, todos los días de lunes a viernes de 9 a 4.30 y algunos ratos el sábado me planto en mi despacho, pongo el aire y a tope con las piedritas. Pero esta idílica actividad tiene, por supuesto, efectos secundarios.

Lo que voy a contar me pasó la primera semana de trabajo. Llego una mañana, me encuentro al jefe del departamento y me dice: “oye, que hay una tesis doctoral y me gustaría que vinieses” jaaaaaaarrrrRRRRrrrrRRRRrrrrRRRRR, Para los no académicos diré que nadie va por voluntad propia a una defensa de tesis salvo si es el candidato, eres miembro del tribunal o el director de la misma y, a veces, ni por esas. Claro, yo puse cara de póker/intelectual y en mi mejor inglés dije: “Por supuesto, será un honor”. Si pensabais que ya no se podría empeorar,  solo se me ocurre decir: “por cierto, ¿ de qué es?” Y me contesta: “Patrimonio en Eritrea”, no hay más preguntas señoría.

Entro en la sala, mesa en U, unas sillas sueltas a un lado y unas doce personas. No veo bien cual es el esquema del protocolo con una mesa así. El Head me dice que me siente donde quiera y me señala la U. Me siento al lado de un colega que era del tribunal y le pregunto cuantos lo conforman. “Pues somos nueve” me espeta. Nueve! NUEVE!!!!! Que horror. He de confesar que a mí lo único que me preocupaba en ese momento, tras cambiarme a una silla suelta por si me hacía hablar, era: “joder, me voy a tirar aquí 4 horas”. Esto tiene severas consecuencias: acababa de llegar a África, sudaba como un condenado y tenía aún la cara como una lombarda (ver primer post tanzano). Aquí intervienen dos problemas concatenados: no ir al baño y no beber agua. No ir al baño porque aún no tenía la llave de éstos y todos mis conocidos estaban de tribunal, por lo que no podía beber agua para no ir y no beber agua suponía desmayarme entre desconocidos y posiblemente aligerar el esfínter (combo completo) y así en bucle.

Comienza el sarao, nueve de tribunal. Al estudiante, gracias a dios, le dicen que tiene media horita para soltar lo suyo. La presentación y la tesis en general eran bastante aburridas, a qué vamos a poner paños calientes: fotos que no se veían nada, el tío tenía en las diapos lo que leía… El muchacho se equivocó de orden al pasar varias y ya empecé a comprender que aquello no iba a ser como yo pensaba. El candidato cada vez que se equivocaba decía bien alto shit! Shit! 

Empiezan los dos turnos de réplica, habéis leído bien, dos. Nueve personas hablando en dos rondas (como les guste hablar para ellos como en España nos tiene que traer un refrigerio, a Dios gracias no era así). Pensaba que quizás se dividían las partes de la tesis, luego me dijeron que era para hacerlo “más dinámico” (?¿!!!?¿). En este carrasclás de preguntas ya empecé a ver cosas interesantes: tribunal que no ejerce derecho a preguntar en primera ronda (un alivio), a otro que le suena el móvil y medio contesta, otro que se levanta al baño (otro alivio), otro en seria disputa con Morfeo...


Al final el tribunal se retiró a deliberar a las 3 horas y yo consideré que era el momento idóneo para hacer el moonwalker y huir de ahí. Saqué de todo ello comprender como es el sistema tanzano de tesis por si me veo en el brete de ser tribunal (yo iré a segunda vuelta como los buenos atletas de salto), una nueva historia de este blog y una última consecuencia mas íntima: el aire acondicionado de la sala durante esas tres horas estaba a 15º y yo en manga corta. Hoy día, casi un mes y medio después, tengo aún los pezones como timbres de castillo.




El departamento

miércoles, 2 de marzo de 2016

Mai on the Road (I): la bajaji

Sí, querido lector, volvemos a la carretera. Los que me conocéis sabéis lo cartesiano y lo pisa huevos que soy al volante. Sin embargo, el Este de África me obliga a replantear mis presupuestos. Por otro lado, no hay mucho más que añadir a lo que ya se dijo sobre la conducción en Kenia en pasados posts. En Tanzania también se circula por el lado incorrecto de la vía como norma general, porque luego te sigues arrojando a lo loco y despreocupadamente a la vía pública. Solo añadiré que aquí no hay matatus (esa furgona llena de peña y con un indocumentado al volante), aquí se cambia por la bajaji, el indocumentado sigue, pero ahora al manillar.

Una bajaji es un motocarro que un forzudo podría cogerla con un brazo y colocárselo al hombro. Tiene una estructura de hierros recubierto por un armazón muy endeble para mi gusto. La mayoría de este recubrimiento es metálico y el resto de lona y plastiquete. Está dividido en dos partes: la delantera donde va el conductor y la trasera donde va el pasaje y el motor a modo de maletero. Eso no tiene más de 1.20 m de ancho, tirando por lo generoso, y ahí caben tres personas. Pero la bajaji es para cuatro pasajeros. Sí, lo habéis adivinado, el cuarto va delante con el conductor.




Bajaji estandard (bueno, ésta está muy nueva)


Lo normal es que un burgués como yo la coja solo. Pagas por los cuatro que teóricamente irían y al lío. Si vas con más gente el importe es sensiblemente menor, acorde con la comodidad. Yo debo pagar más de la cuenta porque me aburre mucho regatear y al segundo lance ya doy mi brazo a torcer y cuando tengo cuerpo para regatear, resulta que el conductor me ha llevado antes, conoce el trayecto y recuerda lo que le pagué, pero el cabrón me estaba pidiendo más, como en la Vida de Brian con las barbas.

El vehículo no es cómodo, la amortiguación es muy justa, la red viaria de Dar es Salaam tampoco ayuda al confort (hay unos badenes que ya hubiesen querido los de La Comuna de París y que te alinean los chacras al pasarlos que da gusto). Por dentro uno puede pensar que un vehículo así debe tener menos detalles que un seat panda, y efectivamente, está en lo cierto. Los hay  en los que además el asiento trasero está suelto y se mueve en cada frenazo, lo que convierte el trayecto en un episodio de Humor Amarillo. Sin embargo el otro día subí en uno que tenía radio y ¡¡¡¡TV!!! El chófer, vamos a llamarle así, tenía un reproductor de DVD de esos que lleváis para que los niños no incordien, eso sí, con una novela nigeriana que no se oía porque la radio iba atronadora con musicona de la güena.

No hay cinturón de seguridad, al menos eso creía hasta que el otro día, al sentarme solo atrás cuando se bajó el resto del pasaje, noté que se me clavaba algo y pensé: “joder, parece una correa de cinturón de seguridad… no, no, si esto no lleva”. Bueno, pues lo toqué y sí, era un cinturón de seguridad que, por supuesto, se estaba usando para algo importante: sujetar una garrafa con combustible. De todas maneras no tenía donde anclarlo, era un cinturón placebo u homeopático.



La garrafa atadita

Por mi parte, he inventado un sistema de anclaje, no homologado aún, pero dejadme que lo perfeccione, que consiste en clavar los pies bien fuerte en la chapa que separa los habitáculos del chófer y el pasaje. Hay que tener cuidado de no hincar el uñate en la chapa que hace un ruido feo que da dentera.


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Los pies "jincados".

Vivo en la zona de Changanikeni, los fines de semana me voy a comer y hacer la compra, cuando no viene Agness conmigo, a Mlimani city, el Centro Comercial más grande de la ciudad y a 10 min de mi hotel.  Los domingos al mediodía no hay muchas bajajis en la parada del barrio y, en ocasiones, me ha tocado esperar en animada conversación con la chavalada local.

El otro día iba famélico y vi que quedaba una bajaji que iba a irse, le hice una señal y el chaval me esperó. Para mi sorpresa iba con tres personas atrás, dudé si cogerla, pero no eran horas y me tocó ir delante con el chófer. Bien, debo aclarar que el asiento del chófer es para uno, entonces se trata de ir sentado en lo que en hípica se llama “a la inglesa” y yo denomino “sentado de medio culo”. Me acomodé como pude, con mi hombro bajo el sobaco del chófer, sobaco del que había huido el desodorante allá por los primeros albores de la Humanidad, mi pie izquierdo haciendo fuerza sobre el quicio de la puerta (que no existe), una mano agarrando el hierro que hay entre ambos habitáculos (por encima de la chapa) y la otra asida al borde de la puerta.

El tipo necesitaba llevar al pasaje a otros sitios primero y cogimos el “otro” camino para salir del campus. Éste tiene una prolongada bajada en curva, demasiado curva y demasiado prolongada para mi gusto. Por supuesto, el tipo, que llevaba el manillar con una mano, iba demasiado deprisa y os juro que creía que volcábamos, casi me tengo que poner a hacer de contrapeso en el lado opuesto como si fuera un catamarán y estuviésemos disputando la Copa del rey de vela a bordo del “Agua de Puig”. Aquí el dodotis me vino genial. En otro lance, en el que el tío estuvo a punto de salirse de la carretera estuve a punto de decirle: “derecha, todo gas, raaaaasssssss”.

Diez minutos después, tras dos paradas, sano, salvo, un dodotis usado, dejando la impronta de mi manos en la carrocería y el chófer la del sudor de su sobaca en mi hombro, llegué a mi destino.

viernes, 19 de febrero de 2016

Un yonki en el este de África

El acervo cultural está plagado de refranes y frases hechas, muchas de ellas absolutamente chorras, otras, como la que vamos a usar, no: “el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra”. Esto, fácil de evitar en teoría, se convierte en inasumible cuando, como yo, estás enganchado al chocolate.

Ya tuve mi primer contacto con el chocolate en Kenia hace tres años y medio cuando, para pasar un mes y medio a orillas del Turkana, me lleve una bolsa grande de mini mars y una tableta de chocolate negro. Bueno, que la mercancía estuviese todo el día metida en una tienda de campaña, a más de 40º durante gran parte del horario diurno y unos 30 por la noche, convirtió aquel néctar en algo líquido que solo se podía tomar como un flash. Al final fue la fruslería que le daba a los niños enfermitos que pasaban por el campamento.

Bueno, con este bagaje y mi adicción, me presento en Dar es Salaam, que oscila entre 25 y 31º este mes y con un 70% de humedad y me compro unas galletas digestive con chocolate negro. Hasta ahí todo bien. La primera caja, al abrirla y estando refrigerada, tenía sus galletas pegadas ya que el chocolate había hecho de pegamento, pero haciendo palanca con una cuchara iban saliendo en grupos de dos. Sin embargo, en el resto de cajas el chocolate ha hecho acción “loctite” y no hay dios que las separe. Metí hasta un cuchillo pero, al salir la hoja por el otro lado a pocos centímetros de cercenarme un dedo, he desistido de su uso, además no iba bien.

Por eso, querido lector, en una bajada a mis propios infiernos y alentado por mi necesidad de consumo, me veo en la patética situación de sacar todo el mazacote de galletas y comérmela a bocados como si fuese una mazorca de maíz, en este caso de ambrosía de cacao y trigo. Obviamente el chocolate se derrite en un nanosegundo y acabo con las manos y los hocicos manchados como si de una leona devorando a su presa se tratara.


Soy un yonqui y teniendo en cuenta el precio del chocolate, cualquier día me pongo en la puerta del Nakumatt (el Carrefour de aquí) a pedir unos shillings a cambio de llevar la compra (de gorrilla no me veo que me da insolación) para pagarme el vicio.







                                                                      La mazorca