Hola queridas y queridos,
Llegamos a orillas del Lago Nakuru, bueno, más bien se ve de lejos, el viernes, papeleo y burocracia, el sábado nos dio tiempo a plantear la excavación y el domingo al lío. Hasta aquí todo normal, como debe de ser.
El domingo, día del señor aquí también, nos ponemos a excavar y claro, somos la atracción local... rigurosamente todo quisqui se pasó a vernos y preguntar, en definitiva a cotillear sobre quienes eran esos wamusungu que han llegado en Land Rover a hacer un agujero encima de una loma y que parece que hacen el gilipollas (vamos cambias wasungu por listillos de la capital y tienes cualquier localidad española). Parecía el día de puertas abiertas, pero sin haber estrenado nada.
A eso de media mañana empiezan los problemas, servidor ha de ir al baño, aguas mayores. Entre el bajo monte que hay aquí, casi todo jara, espinos y alguna acacia, mal se tiene que dar la cosa, además está todo cristo aquí. Craso error, primero me alejo no sin la mirada de casi todo el mundo, hasta pensé que parte de la chavalería me iba a seguir esperando algo interesante de mi, pobrecillos, merienda para todos no iba a haber. Empiezo a dar vueltas y, señores, que dificultad había gente por todos lados.... Llego a una mata y un niño mirando a 20 metros, me aparto entre unas jaras y dos mujeres con agua por el camino a golpe de vista... hasta que, por fin, encontré una isla de matojo denso, alto y frondoso y hacia allí me dirijo firme. Llego abro con decisión la espesa mata de hierbas y, copón!!!! había un abuelo haciendo lo mismo que yo intentaba desde la época de Matusalem (normal que estuviese así el matojo con tanto abono). En fin, que pedí disculpas, crucé los dedos, busqué un matojo y, al límite de mi contención dije: “a ver si tengo suerte y no me descubren ni me hacen corro”, que un blanco cagando es digno de ver.
No me descubrieron y si lo hicieron (que seguro que lo hicieron porque siempre hay alguien mirando, como ya he sabido), fueron discretos.
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